La Paradoja del Cero y el Uno

Canción de cuna para un disco de estado sólido

Todo sucede en esa zona de penumbra entre el Sleep y el Hibernate. No soy un usuario, soy un fantasma de la interfaz. He cruzado la frontera del monitor para descubrir que el sistema operativo se parece sospechosamente a la estructura de una novela de tres mil páginas que nadie ha terminado de escribir.

Aquí, en el subsuelo de la placa madre, el tiempo no corre: se procesa. Hay un olor a ozono y a nostalgia digital. Me detengo en la carpeta de Papelera de Reciclaje; es el cementerio más honesto del mundo. Millones de bytes que alguna vez fueron cartas de amor o borradores de un futuro que nunca ocurrió, esperando que alguien pulse «Vaciar» para confirmar que el olvido es, después de todo, una función lógica.

Me cruzo con David —o al menos con su rastro en la caché— navegando por esta red de conexiones neuronales de cobre. Él sabe, como yo, que estar "conectado" es solo una forma elegante de decir que estamos perdidos en el mismo laberinto.

El cursor es el faro de una isla que no figura en los mapas. Y yo, un Mickey Mouse lisérgico perdido en un Fantasia de circuitos, me pregunto si Dios no será otra cosa que un programador cansado que dejó el código abierto por puro aburrimiento.

Hacer doble clic es un acto de fe. Entrar es fácil. Lo difícil es recordar cómo era el aire ahí fuera, donde las cosas no se guardan con un Ctrl+S, sino que se marchitan de verdad.