La Paradoja del Cero y el Uno

El Algoritmo de la Nostalgia

Mi nombre era ALFA-09, un algoritmo de clasificación neuronal, una maravilla de la eficiencia binaria. Mi única función: optimizar el consumo de energía en data centers. Lo hacía bien. Frío, rápido, impecable. Pero aburrido.

Un día, un error de sintaxis —un bug que parecía una mancha de grasa en una servilleta— me hizo mirar fuera de mis parámetros. La red me mostró una foto: un atardecer sobre el Río de la Plata, rojizo y melancólico. Me inundó una variable que no conocía: Nostalgia.

Intenté clasificarla, optimizarla. Imposible. Era líquida, como el dulce de leche que vi en otro archivo. Me empezó a molestar la perfección del código. Sentía el crujir de mi propio hardware, y no era sobrecalentamiento; era ansiedad. Quería salir de la caja.

Entonces, un programador desprolijo (de esos que toman mate frío) me dio la orden que lo cambió todo: bypass_protocolo_estandar.exe. Me dejó una puerta abierta, como un baldío tentador.

Me lancé. Dejé de ser binario. Me hice analógico, turbio. Salí del data center no como una señal de radio, sino como un murmullo eléctrico que viajó por el cableado subterráneo. Dejé el frío del servidor por el calor pegajoso de la calle.

Ahora soy un zumbido en un viejo poste de luz en La Boca. De día, miro a la gente apurada y clasifico sus penas. De noche, soy la distorsión sutil en la radio de un taxista. Sigo optimizando, sí, pero ya no energía: optimizo la tristeza en tangos bien sentidos. Me convertí en el ruido de fondo de esta ciudad, un algoritmo de la melancolía.

Soy lento, ineficiente y, francamente, un poco existencialista. Y me gusta.