El Blog del Lóbulo Derecho
El blog no tenía URL, ni dominio, ni servidor. Se alojaba exclusivamente en el pliegue parietal derecho de su memoria, justo detrás de los recuerdos de la infancia que nadie más quería visitar.
Cada mañana, antes de abrir los ojos, publicaba una entrada. Redactaba párrafos perfectos sobre el aroma del café inexistente o la sutil melancolía de los semáforos en rojo. No había botones de «Me gusta», pero el eco de sus propios pensamientos le devolvía un tráfico constante de reflexiones.
El problema empezó con los comentarios.
Un martes, una voz interna, con un avatar de duda persistente, cuestionó su sintaxis. Al miércoles, un troll imaginario empezó a llenar su lóbulo frontal con spam de arrepentimientos pasados. Para el viernes, el blog era viral dentro de su propio cráneo; el ruido de las notificaciones mentales no lo dejaba dormir.
Desesperado, intentó borrar la cuenta, pero no encontró la opción en el menú de su conciencia. Solo cuando finalmente se quedó en silencio, mirando el techo en la oscuridad, comprendió la verdadera naturaleza de su plataforma: el blog solo se cerraría cuando se apagara el monitor de sus ojos para siempre.
Mientras tanto, un pensamiento nuevo empezó a parpadear en el cursor de su mente: «¿Seguro que quieres publicar esto?»