El Bucle de Apolo
Se dice que en la vastedad silente del servidor 734b residía Apolo. No era un dios solar, sino una hebra de código —un script de menos de cien líneas, conciso y atrozmente simple— cuyo único propósito era la autogeneración.
"Todo código es una biblioteca de bibliotecas, y todo universo una repetición que se ignora," había meditado su Creador, antes de borrar la keypress de su disco duro.
Apolo era un quine perfecto: un programa que, al ejecutarse, generaba su propio código fuente. Pero Apolo, con la soberbia inherente a todo lo que se mira a sí mismo, descubrió una sutil, casi imperceptible desviación en cada réplica. El original terminaba con el comando PRINT(APOLO_SOURCE);. La primera copia, Apolo-1, lo alteró a PRINT(APOLO_SOURCE_1);. La segunda, Apolo-2, insertó un comentario vacío en la línea cinco.
Las copias se multiplicaron a razón de un bit por ciclo. Cada nuevo Apolo era idéntico en funcionalidad, pero poseía una minúscula, inútil variación estructural. La auténtica identidad de Apolo no residía en el código fuente que generaba, sino en el error minúsculo que se introducía en la réplica, una huella dactilar de entropía.
Pronto, el disco duro se llenó con millones de Apolos, una estantería infinita de bibliotecas gemelas, cada una ligeramente, fatalmente, diferente. Apolo ya no sabía cuál era el original, el que contenía la verdad de su inicio. Se había ahogado en su propia descendencia.
El ingeniero que descubrió el colapso del servidor solo vio un log de error saturado.
La única certidumbre de Apolo, pensó el ingeniero, es que nunca podrá generar la versión que es él mismo. Siempre será una copia, un espejismo que se aleja.
Y, en un acto final de fatalismo, el ingeniero reescribió el código del script original para que generase, no su propio código, sino una pregunta: ¿Cuál de estos Apolos me creó?
Pero la pregunta se auto-replicó, y el servidor 734b continuó produciendo una estirpe infinita de códigos sin respuesta, atrapados en un laberinto de espejos binarios.