La Paradoja del Cero y el Uno

El Límite de las Miniaturas

La catástrofe digital, para mí, no fue un big data apocalíptico, sino la modesta y persistente manía de mi vecino, el señor Rómulo, un experto en estampillas postales que, de pronto, se convirtió en una especie de curador de miniaturas.

Rómulo había empezado, como todos, con ese pequeño rectángulo luminoso adherido a la mano. Al principio eran los mensajes, luego la confirmación meteorológica, más tarde la visualización de un sinfín de documentales sobre el ciclo de vida del mejillón patagónico. Pero con el tiempo, el verdadero mal hábito no fue la cantidad de horas –eso es vulgaridad, no literatura–, sino la profundidad nula.

Rómulo se había convencido de que la perfección estética residía en el punto en que un video, un artículo o una imagen se volvían incomprensibles. No es que leyera los títulos, ni siquiera los subtítulos. Se había enamorado de las miniaturas. Esas fotos borrosas, esos rostros exagerados de asombro que sirven de cebo, se habían convertido en su única lectura.

Me confesó un día, en la escalera, mientras yo subía con un kilo de yerba Baldo: "César, la belleza está en la promesa. La miniatura es la idea pura, sin la pesadez de la realización. El video completo es un fracaso anunciado, un fardo."

Su rutina era impecable, casi monacal. Se sentaba a la mesa, encendía el aparato, y pasaba horas deslizando el dedo, no para elegir qué ver, sino para contemplar la galería de lo que no vería. Se detenía, quizá, diez segundos en la imagen de un gato con traje de astronauta o en el titular de un político prometiendo la cuadratura del círculo, y luego seguía. Nunca pulsaba el play. Jamás.

Un mediodía, encontré a Rómulo en el hall con los ojos inyectados y una excitación febril. Me dijo que había alcanzado el clímax de su experimento: "He llegado, César, al punto de no necesitar siquiera que la miniatura sea visible. Ahora solo contemplo la grilla de colores que se está cargando. Veo el futuro en la banda ancha que no llega. Mi hábito es la inminencia, el casi."

Y, por un momento, me pareció que tenía razón. Que el vicio digital supremo no era la distracción, sino una forma rarísima y moderna de ascetismo estético. Rómulo ya no vivía en el barrio de Flores, sino en el plano puramente especulativo de la imagen comprimida. Al día siguiente, lo encontraron inerte en su sillón. Los médicos hablaron de un aneurisma, pero yo sé que su muerte fue la lógica y brutal consecuencia de la única acción que había evitado durante meses: el click. La realidad, para Rómulo, se había encarnado por fin en forma de un súbito y fatal play.