El Microchip del Santo Grial del Vacío
Aquel sujeto no navegaba: naufragaba en un océano de silicio, rodeado de sirenas de píxel que le prometían el oro y el moro mientras le succionaban la médula del espíritu. Estaba ahí, atornillado a su silla ergonómica —una verdadera máquina de tortura china para la columna—, esperando una señal, un "like", un mísero bit de reconocimiento que justificara su paso por este valle de lágrimas tecnológicas.
—¡Es la Soledad Totalitaria! —gritó de pronto a las paredes, que chorreaban una humedad color angustia—. ¡El algoritmo es un dios babilónico que se alimenta de mis nervios ópticos!
Se sumergió en los foros más recónditos, buscando una conexión humana, pero solo halló bots programados por monjes locos en sótanos de Vladivostok. La pantalla emitía un resplandor radioactivo, una luz de ultratumba que le confería la piel de un cadáver egipcio. De pronto, un mensaje apareció en la terminal: un espacio en blanco. El vacío absoluto. El cero infinito.
Laiseca sabía que ese blanco era el verdadero terror. El hombre intentó teclear su nombre, pero sus dedos, ya convertidos en garras de plástico, solo pudieron producir un chirrido metálico. En un acto de desesperación mística, pegó la lengua al monitor buscando el sabor de la red. No hubo electricidad, solo el frío gusto del vidrio y la certeza de que, en el Gran Servidor del Universo, él era un archivo corrupto que nadie se molestaría en enviar a la papelera de reciclaje.