La Paradoja del Cero y el Uno

El Protocolo Olvidado

El final de la Red no fue un apagón, sino un desplazamiento. Al principio, se creyó que era un error de sincronización, una de esas fallas mínimas que los técnicos llaman "latencia de la existencia". Yo noté el cambio en mi amiga Aída: su perfil, siempre una orquídea artificial de filtros y frases ingeniosas, de pronto exhibió una foto borrosa de ella misma, de espaldas, sentada en un banco de plaza bajo una luz mortecina. Una foto auténtica, terrible y sin edición.

Aída, o lo que quedaba de la Aída digital, me explicó en un último mensaje truncado que las identidades estaban volviendo a sus dueños.

Resulta que Internet no había muerto por un virus o un colapso físico. Había muerto por saturación metafísica. La red, al acumular tantos yoes —avatares, nicks, perfiles laborales, fakes románticos—, había alcanzado una masa crítica de personalidad múltiple. No pudo distinguir entre sus fantasmas y sus usuarios.

Un profesor de mi círculo, el Doctor Velez, teorizó que los servidores, en un acto final de piedad lógica, ejecutaron el "Protocolo Olvidado": una función de limpieza diseñada para restaurar el ego original de cada persona. El problema fue que el Protocolo era demasiado eficiente.

Ahora, las personas se encontraban con sus dobles: el gamer de la noche se enfrentaba al empleado de día; el poeta anónimo de Twitter tenía que conversar con el padre de familia. El mundo se llenó de conversaciones difíciles y reconocimientos incómodos.

A mí me tocó lo peor: mi alter ego romántico, un seductor melancólico que habitaba foros literarios, se presentó en mi casa. Tenía mis mismos gestos, pero un par de años menos, y un aire de desesperación romántica que yo había creído enterrado.

—Vengo por Aída —me dijo, con una voz que era la mía pero con un matiz de ópera ligera.

—Aída ya no existe, o existe de nuevo en un cuerpo que no es el que tú quieres —le respondí, intentando sonar tan irónico como solía ser en línea.

Él no me escuchó. Me miró con esa gravedad impostada que yo mismo había inventado y, en un gesto que me pareció a la vez ajeno y propio, se retiró a la calle. Lo vi desaparecer en una esquina, buscando la versión virtual de una mujer que había sido, para él, la única realidad concebible.

Internet, en su agonía, no solo había borrado su vastedad; nos había devuelto, a cada uno, el espejo fragmentado de nosotros mismos. Y la peor ficción resultó ser la que habíamos abandonado: la vida simple.