El Síndrome de la Huella Muda
El cuerpo ha aprendido a doblarse sobre sí mismo, una vértebra tras otra, en una genuflexión ante el altar del silicio. Ya no miramos al horizonte; el cuello se ha convertido en un arco tenso que apunta hacia el ombligo electrónico, buscando una respuesta que nunca llega de frente.
Los pulgares, esos antiguos instrumentos de oposición evolutiva, ahora ejecutan una danza frenética y estéril: el scroll infinito. Es el nuevo tic nervioso de la especie, un acariciar el vacío de vidrio con la esperanza de que la fricción genere calor humano. Pero el cristal es frío. El podría estar del otro lado, deslizando su propio dedo en una dirección opuesta, y sin embargo, los cuerpos no se rozan; solo chocan las proyecciones.
Ella siente la fatiga del "ojo seco", esa negativa del párpado a cerrarse por miedo a perderse el destello de una existencia ajena. Su rostro, bañado en la luz cenicienta de los ledes, ha perdido la musculatura de la sorpresa. Ya no hay gestos, solo emojis: una máscara de carne que finge una risa que el pecho no reconoce. Al final, queda la mano entumecida, manteniendo la forma del dispositivo incluso cuando este ya no está, como si la soledad hubiera esculpido en el aire una garra que ya no sabe cómo soltar.