La Paradoja del Cero y el Uno

La Esfera del Qubit Incompleto

Digamos que todo empezó con un cigarrillo. No es una metáfora, es que el humo subía en espirales —espirales de Malboro, marca Punto y Aparte— y me hizo pensar en algo que el Profesor Jencks había garabateado en la pizarra: la superposición.

Jencks, con su barba de filósofo desterrado, insistía en que la computación clásica era una joda binaria. Uno o cero. Sí o no. Como el ascensor que sube o baja, sin permitirse el lujo de estar, por un instante fugaz, en el hall del onceavo piso y, simultáneamente, en el sótano del olvido.

Pero el qubit, mierda, el qubit era otra cosa.

Abrí la caja de fósforos. El Profesor decía que el qubit era como la llama: encendida y apagada a la vez. Pero uno solo ve el fuego, ¿no? Si está apagada, ¿dónde demonios se esconde la posibilidad del fuego?

Me senté en la silla de mimbre, esa que crujía exactamente tres veces antes de que uno terminara de acomodarse, y sentí el clic mental. La computación cuántica no era solo más rápida; era la transgresión del tiempo. Era ver el antes y el después de una operación lógica en el mismo instante, como el ojo de un cíclope que logra enfocar dos amantes separados por una calle entera.

Y entonces, el vértigo.

Si el sistema podía ser A y no-A al mismo tiempo, ¿qué impedía que yo, al estar sentado en la silla, estuviera también, por un mísero nanosegundo, en la acera de enfrente, mirando mi propia nuca calva y pensando: "Este tipo es un pobre boludo que no entiende ni un carajo de dónde se ha metido"?

Apagué el cigarrillo contra el borde de la ceniza ya fría. El humo se disolvió. Y comprendí que la descoherencia no era el fallo del sistema cuántico, sino su modus vivendi. Y que, tal vez, el verdadero cálculo complejo era determinar en cuál de mis realidades paralelas, encendida o apagada, me tocaría terminar de pagar el alquiler este mes.