La Paradoja del Cero y el Uno

La interfaz

El televisor nuevo es una plancha de cristal negro que no devuelve el reflejo, sino una versión grisácea y humillada de su propio rostro. Ella sostiene el mando a distancia como si fuera un animal pequeño y peligroso. No entiende la tiranía de las capas: para llegar a lo que quiere —un hombre hablando frente a un mapa del tiempo— debe atravesar un desierto de rectángulos de colores, aceptar términos que no ha leído y esquivar actualizaciones que prometen mejorar una vida que ya solo va hacia atrás.

Esteban le explica que es intuitivo. Esa es la palabra que usan ahora para decir que no hay instrucciones. "Es lógico", dice él, pero la lógica de ella se detuvo en los interruptores que hacían clic y en las perillas que ofrecían resistencia física. Aquí todo es etéreo, un rastro de luz que desaparece si el dedo tiembla un milímetro de más.

Se queda a oscuras, con el dedo suspendido sobre un botón que tiene el dibujo de una casa. Teme que, si pulsa mal, algo en el núcleo del aparato se rompa para siempre, o peor, que el aparato la juzgue por su torpeza silenciosa. La tecnología no es una herramienta; es un testigo de su exclusión.