La Logia de los Ceros y los Unos
El profesor Trost, un hombrecito de barba rala y entusiasmo volcánico, lo había encontrado en un lote baldío detrás de una casa de cambio de divisas en Lomas de Zamora. No un tesoro, no; peor: un misterio.Era una tablilla de arcilla cocida, de no más de diez centímetros por quince, cubierta por un patrón hipnótico. A simple vista, parecía una cuadrícula de sudokus fallidos, pero al limpiar la mugre y el sarro —mezcla de smog bonaerense y orín de perro— Trost se dio cuenta del horror. No eran pictogramas, ni sumerio, ni siquiera la extraña escritura rongo-rongo. Era, sencillamente, binario.Cero, uno, uno, cero, uno, cero, cero...Una serie infinita de pequeños círculos hundidos (el cero) y finas líneas verticales (el uno), tallados con una precisión que desafiaba la época de la tablilla, que Trost, sin dudar ni un segundo, dató preliminarmente en el Tercer Periodo Intermedio Egipcio Tardío (o quizás en la semana pasada, ¿quién sabe? La datación es siempre una impostura elegante).El problema, se decía Trost mientras sorbía un mate amargo que su joven y completamente indiferente asistente, Beba, le cebaba, no era qué decía, sino por qué lo decía un egipcio de hace tres mil años en un lenguaje que solo la máquina de Babbage entendería."Beba", farfulló, "esto no es solo un anacronismo. Es una catástrofe metafísica. Si el código binario es tan antiguo, ¿dónde está la supercomputadora que lo leía? ¿Estaban los faraones jugando al Pong?"La única manera de abordar el problema, pensó, con ese optimismo que solo tienen los académicos al borde del delirio, era a través de una traducción inversa. Debía convertir los ceros y unos en algo tangible, algo ridículo, algo tan improbable que solo así podría ser cierto.Horas de cálculo después, Trost se encontró con esto:Lo tradujo, carácter por carácter, usando el código ASCII que había aprendido de un manual obsoleto de 1982. La revelación no fue la esperada. No era un mapa estelar, ni la clave de la vida eterna, ni un conjuro para momificar al vecino. Era una palabra. Una palabra simple y contundente, la única palabra que el binario egipcio tardío quería transmitir:MATE"¡Beba!", gritó Trost, golpeando la mesa. "¡Todo este tiempo! ¡Los egipcios predijeron nuestra adicción! No era un mensaje, era una advertencia sociológica disfrazada de infografía arcaica. La civilización siempre colapsa por la infusión, por el ritual que detiene el tiempo productivo..."Beba, sin inmutarse, le ofreció el mate. Trost lo aceptó, ya perdido en la digresión sobre la relación entre la entropía y la temperatura del agua de la pava, y la tablilla binaria, convertida ahora en un vulgar posavasos, cumplió su destino final: volverse tan inútil y caprichosa como la realidad misma.