La Paradoja del Cero y el Uno

La Máquina de Escribir Anacrónica

El Profesor Arkadi, un hombre que parecía haber sido tallado por el olvido y vestido con ropas que insistían en contradecir la moda actual, me la mostró en el trastero de su departamento, entre pilas de periódicos de los años cincuenta y una colección de dedales.

No era una máquina como las que se ven en los museos de la nostalgia, con sus martillos y su tinta. Tampoco una de esas pantallas luminosas que lo escriben todo antes de que uno lo piense. La Máquina de Escribir Anacrónica, como la llamaba Arkadi, era un prodigio de la incoherencia temporal.

"Verá, César," me explicó con el entusiasmo de un niño que ha descubierto la inmortalidad de las hormigas, "esta máquina... anticipa su propio pasado."

Físicamente, era un híbrido. Tenía la base de una IBM Selectric de los sesenta, con su bola de escritura intercambiable, pero en lugar de teclas, presentaba una serie de filamentos bioluminiscentes que vibraban. Y lo más extraño: no tenía papel. En su lugar, un vacío opaco, como un agujero negro de dimensiones domésticas.

Arkadi afirmaba que cada vez que uno intentaba escribir una palabra, la máquina no la producía en el presente, sino que la insertaba retroactivamente en algún momento del pasado de la persona.

"Si usted escribe 'árbol'," me dijo, sus ojos brillando detrás de unos lentes de pasta gruesa, "la máquina no lo mostrará aquí. En cambio, hará que, en su infancia, hace veinte o treinta años, usted haya leído la palabra 'árbol' en un libro que nunca leyó, o que haya visto un grafiti con esa palabra en una pared que juraría estaba en blanco. Reescribe su memoria sin que usted lo sepa hasta que es demasiado tarde."

El gran problema, el mal hábito, era la desesperación por la coherencia. La gente, al usarla, comenzaba a sufrir extraños fenómenos de memoria fantasma. Recordaban haber comido un sándwich de salmón en 1998, cuando jamás habían probado el salmón. Juraban haber visitado París en 2005, a pesar de no haber salido nunca de Buenos Aires.

La Máquina Anacrónica no creaba el futuro, sino que reorganizaba el pasado para que el presente se volviera incomprensible. Arkadi mismo era su primera víctima y su más ferviente devoto. Había usado la máquina para "escribir" su propia biografía. El resultado era un laberinto de recuerdos contradictorios.

"Mi padre," me confió, "era... no sé. Un carpintero que fue astronauta y también un famoso director de orquesta. Todo al mismo tiempo. La máquina me lo ha escrito así."

Se había enamorado de una mujer que, según sus recuerdos, lo había abandonado antes de conocerla. Había escrito poemas que recordaba haber leído de otros. Su vida era una constante reescritura autorreferencial de la cual no tenía control. Su presente era la consecuencia de un pasado que la máquina había editado sin aviso.

Un día, Arkadi desapareció. Su departamento quedó vacío. Lo único que encontré en el trastero fue la Máquina de Escribir Anacrónica, silenciosa, con sus filamentos apagados. Sin embargo, al tocar el teclado, sentí un leve zumbido.

Y de repente, un recuerdo me asaltó: Arkadi, hace años, un día cualquiera en la calle, con un sombrero de bombín, me había dicho: "La máquina ha llegado, César. Ya está aquí. No la busques en el futuro, sino en lo que crees que siempre fue." La memoria era tan vívida que me pregunté si la máquina, en ese mismo instante, no me estaría escribiendo a mí también, tejiendo su pasado invisible en la tela de mi propia vida.

Y ahora, cada vez que escribo una palabra, me pregunto: ¿acaso esta frase ya ha sido leída por mí mismo, décadas atrás, insertada por una máquina que aún no existe, pero que ya ha estado aquí?