La Paradoja del Cero y el Uno

La Secta del Átomo

Se dice que los adeptos a la Secta del Átomo Indivisible —quienes prefieren llamarse a sí mismos Los Observadores— profesan una fe que es, en rigor, una forma extrema de la aritmética. Su doctrina, dispersa en panfletos de una geometría fatigosa, sostiene que el universo no es una creación, sino una serie de bifurcaciones infinitas que ocurren cada vez que un hombre se decide por el azar o por la voluntad.

Para la Secta, el pecado no es la acción, sino la certidumbre.

Se reúnen en sótanos donde la luz es una vaga conjetura. Allí, el Maestro no imparte dogmas, sino que propone dudas. Afirman que el mundo permanece en un estado de sagrada indecisión hasta que el ojo humano, con su torpe mirada, lo obliga a ser una sola cosa. «El universo es un libro de páginas transparentes», reza uno de sus fragmentos, «donde todos los finales coexisten hasta que un lector comete la crueldad de elegir uno».

La iniciación es breve y terrible. Al neófito se le encierra en una cámara de espejos enfrentados, símbolo de la probabilidad infinita. Se le dice que, mientras no abra los ojos, él es simultáneamente un santo, un asesino, un polvo pretérito y un dios por venir.

Cuentan que un herético, impulsado por el hambre de realidad, intentó fijar el rostro de la Divinidad mediante un cálculo preciso. En el instante en que creyó haber hallado la cifra exacta, el sótano recuperó su condición de vulgar habitación de ladrillos, y el hombre comprendió, con horror, que al definir a Dios lo había asesinado. Desde entonces, los Observadores guardan un silencio absoluto; saben que cualquier palabra es una forma de colapsar el infinito en la cárcel de un solo significado.