Quiero Ser Tu Texto Plano
El bibliotecario, Varamo, no era un hombre de grandes pasiones, salvo quizás por el insomnio y la Biblioteca de Babel, ese universo fractal donde todo era, paradójicamente, una repetición estéril de lo mismo. Pero su obsesión más reciente, la que lo consumía en las madrugadas silenciosas, era el anhelo de la absoluta Planicie Textual.
Varamo había dedicado su vida a los códices abigarrados, a las tipografías góticas, a las notas al pie que se bifurcaban en laberintos escolásticos. Había amado el cursiva que insinuaba un secreto y la negrita que gritaba una verdad. Pero ahora, mirando su reflejo borroso en el cristal empañado, solo deseaba el exilio del sentido superfluo.
Su amada, la filóloga Elvira, una mujer de elocuencia barroca y cabello enmarañado como un índice onomástico, le había escrito una epístola aquella tarde. Estaba profusamente decorada: un doble espaciado que marcaba un abismo insalvable entre ellos, un énfasis itálico que lo acusaba de frialdad, y una sangría inicial que sugería una jerarquía inaceptable.
Varamo, con la melancolía de un cartógrafo que ha descubierto la inutilidad de los mapas, tomó la carta.
—¡Oh, Elvira! —murmuró al aire inmóvil—. ¡Cómo quisiera ser tu texto plano!
No el hipervínculo que promete un viaje, ni la tabla que organiza el caos, ni la cursiva que traiciona la intención. Quería la simpleza austera del ASCII puro, sin formato ni adorno, sin negritas que lo hicieran destacar ni saltos de línea que lo separaran del resto. Una cadena lineal, ininterrumpida y sin misterio, que fluyera con la misma indiferencia con que la arena escapa del puño.
Imaginó entonces su respuesta: una sola línea de caracteres, desprovista de mayúsculas ceremoniales y puntuación afectiva. Sin una firma que lo individualizara, sin un margen que lo contuviera.
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Al terminar, Varamo no envió la carta. La trituró en finas tiras uniformes y las arrojó al brasero. Observó cómo la tipografía se desprendía del papel, cómo el mensaje se volvía ceniza. Entendió que el destino de todo texto, formateado o no, era la disolución en la entropía, la última y más democrática de las planicies. Se acostó, sabiendo que el insomnio de aquella noche sería de una claridad terrible, una vigilia sin comas, ni puntos, ni elipsis salvadoras. La noche era, al fin, perfectamente plana.